Después de un “hola, qué tal?” se abre un mundo
De pequeña me educaron para no preguntar, con la intención de no incomodar y no parecer chismosa, me costó mucho darme cuenta que había malentendido esa consigna y un día fui consciente que cuando otras personas se interesaban por mis planes, familia o cualquier otra cuestión, me sentía especial.
Con el tiempo, curiosamente elegí estudiar Relaciones Públicas, Protocolo, Organización de eventos y también Filología inglesa, especialidades diferentes y con un punto en común: la comunicación. Todo ello ha estado presente en mi día a día y me ha demostrado que, con las consideraciones necesarias, preguntar o entablar una conversación es necesario y enriquecedor para cualquier persona. Y por esto hoy quiero compartir algo contigo.
Una reflexión-descubrimiento personal que eleva a otro nivel nuestras relaciones.
En nuestro terreno, los que nos dedicamos a la organización de los eventos o formamos parte activa de este sector, sabemos que la capacidad de relacionarnos es mucho más que una herramienta de trabajo. Es una cualidad que viene casi de serie por la profesión y por nuestro perfil “relacionador”; al fin y al cabo, la interacción está en nuestras venas y la experiencia nos confirma los beneficios de crear conexiones.
Sin embargo, hay que admitir que a veces sentimos cierta desgana o resistencia a salir de nuestra zona de confort para entablar una conversación allá donde vamos. Depende de la energía con la que llegamos a cada encuentro, a veces nos permite seguir el ritmo de la ocasión y mostrar interés hacia los demás, y otras nos lleva a resguardarnos en “autoexcusas”, como no visualizar una intención comercial clara para iniciar una conversación o preocuparnos por lo que van a pensar. Tendemos a considerar que el networking es únicamente un proceso estratégico, casi calculado, y olvidamos que el contacto humano real suele producirse en contextos mucho más sencillos e imprevistos.
Dejarse llevar por la apatía momentánea es cerrar la puerta a lo más valioso que ocurre en cualquier encuentro: la oportunidad de conectar con otros y dar paso a todo lo que puede surgir después: descubrimientos, aprendizajes, ideas, sinergias…
Estar abiertos a ello trasciende el sector, cargo o motivo por el que estamos en un lugar concreto. Al fin y al cabo, detrás de cada acreditación, proyección individual, presentación…, hay personas. Sus inquietudes, experiencias y vivencias pueden ayudarnos a romper con esa barrera inicial. Un pequeño gesto de cercanía es suficiente para abrir la conversación.
Romper el hielo con tres palabras
Cuando pienso en esto, me viene a la mente una situación de lo más habitual en nuestro día a día. Asistes a una conferencia en la que no conoces a nadie, te sientas en la primera silla que encuentras vacía, a tu lado hay un asistente desconocido, y en ese mismo instante se presentan dos caminos: mantener la distancia y esperar en silencio a que dé inicio la conferencia o girarte para saludar y estrechar la frialdad con tan solo tres palabras:
“Hola, ¿Qué tal?” / “¿Habías venido antes…?” / “¿Conoces al ponente?” / …
Parece un mínimo gesto, pero acabas de abrir una puerta hacia un nuevo mundo.
Estas frases, entendidas como una representación figurada de cualquier arranque de conversación, dan paso a un intercambio casual que puede surgir en situaciones totalmente inesperadas. Un gesto tan simple puede llevarte a descubrir a alguien con quien jamás habrías imaginado conversar y sorprenderte con todo lo que puede desencadenarse durante —o después— de ese primer contacto.
Retengo varias de las situaciones que últimamente empezaron así y terminaron de forma inimaginable: una colaboración profesional win-win con la asistente que estaba sentada a mi lado, la posibilidad de poder ayudar a un familiar, la alegría de poder contrastar proyectos que están en el mismo punto … Y la lista es muy larga.
Un requisito indispensable para que realmente “se abra un mundo”, como dice el título de esta reflexión, es no quedarse en la primera pregunta-respuesta e hilarla con un segundo comentario o pregunta relacionado con lo anterior. El valor real de ese primer contacto es que la conversación siga en formato diálogo genuino y no en modo cuestionario-entrevista artificial, para llegar a un punto en el que, en la mayoría de las ocasiones, se produce un chispa emocional que lleva la conversación a un lugar común para ambos, y eso es maravilloso.
Es en este instante cuando me repito “es que detrás de cada hola qué tal se abre un mundo”.
Realizar este segundo paso es especialmente importante cuando la primera formulación es cerrada (en los ejemplos de tres palabras sugeridas para abrir Hola, ¿Qué tal? / ¿Habías venido antes…? / ¿Conoces al ponente?, algunas probables respuestas serían: bien, sí, no). Es entonces cuando hemos de decidir si avanzar, reposar o finalizar nuestra iniciativa.
Mucho más allá de lo profesional
El éxito de una conversación en un evento no se mide únicamente por el retorno profesional directo o los contactos que puedas anotar en tu base de datos. El verdadero impacto reside en que nunca sabes qué te va a aportar o vas a aportar tú a nivel personal.
De un intercambio espontáneo, por supuesto que pueden surgir negocios, además de perspectivas nuevas o, sencillamente, un rato de agradable compañía.
Recuerda, para ponerlo em práctica se trata de:
Impulsar nuestra curiosidad y algo del espíritu aventurero que teníamos de niños y que con el tiempo vamos encerrando en un corsé social, mal entendido.
Mostrar interés sincero por el otro o compartir pensamientos con quien tienes cerca y por el motivo que sea ha escogido también estar allí donde estamos nosotros.
Entender que cualquier entorno es propicio para descubrir algo inesperado si mantenemos la predisposición adecuada y el sentido de la oportunidad despierto.
Ir más allá de las tres primeras palabras y escuchar para dialogar.
Mantener la mente abierta y no dejarnos vencer por la pasividad del momento es la mejor garantía para exprimir al máximo cada convocatoria.
La próxima vez que te encuentres en una sala llena de desconocidos, recuerda que el mayor valor de la jornada puede estar en la persona que tienes al lado y no únicamente en la ponencia del escenario.
Solo bastan tres palabras para comprobarlo.